Yojimbo: la heroicidad de lo humano

Es una oportunidad única para el espectador, la brindada por el cineasta nipón Akira Kurosawa en esta cinta ejemplar, y ya tan legendaria como su propio protagonista, el enorme actor Toshirô Mifune. Porque gracias a un guía tan acertado como el filósofo español Fernando Savater, podemos comprender como en Yojimbo, el mercenario (1961) se nos manifiesta que el ejercicio de la libertad propia no es un asunto que dependa enteramente de factores externos: de morales de ridícula restrictividad o de valores ultraterrenos y sin fundamento.

Pero también Yojimbo, el mercenario nos hace propone que la irracional explosión de la fuerza interior sola, atenta contra la propia integridad de la personalidad y por lo consiguiente la condiciona, la limita de manera fatal. Como veremos pronto, Yojimbo, el mercenario, la epopeya sin igual de un samurái anti heroico que se forja en su propia leyenda al arbitrio del azar- de la ruta señalada por una rama lanzada en un camino encrucijado- o al calor de la compasión- cuando logra salvar a una familia de la humillación más extrema; tales victorias internas, éticas por sobre todo, son tan dignas de gloria y memoria perenne, que la más colosal de las batallas.

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POR QUE VERLA

Además de lo anterior, encontrarnos con esta obra es como asistir a una lección de buen cine, de manejo de ritmos, tonos y modos histriónicos. Akira Kurosawa luce aquí toda la fuerza de su arte de una manera casi perfecta, y decimos casi, porque joyas como Los siete samuráis (1954) o Vivir (1952) son las cotas de excelencia que el propio realizador se encargo de imponer(se).

Regálate sin dudarlo la oportunidad de disfrutar del impresionante trabajo fílmico de un director que te enganchará, y acompaña pues al samurái Sanjuro Kuwabatake en sus emocionantes andanzas que te dejarán al borde de tu sofá y con las palomitas regadas.

EL ARGUMENTO

En un Japón feudal, en algún momento del siglo XIX, un samurái errabundo (Toshirô Mifune) arriba a un villorio ínfimo en donde dos pandillas a cargo de negociantes pendencieros, se confrontan sin tregua por hacerse del mando de la comunidad. Los cabecillas de los dos grupos han asegurado en sus filas a peligrosos mercenarios, a fin de que abatan a sus rivales, más sin embargo, el altivo y valiente forastero los impresiona con la briosa acción de su espada, obligando a ambos bandos enemigos a luchar por reclutarle. Al inicio Sanjuro Kuwabatake aguarda con cínica curiosidad a ver quién ofrece más por conseguirle. Pronto tomará como personal la definitiva resolución del asunto.

La prodigiosa hazaña de lo humano

En Yojimbo, el héroe de la trama comienza por no serlo al principio. La actitud que desarrolla al integrarse astutamente al sistema de compra-venta de mercenarios propia del pequeño pueblo en disputa, lo aleja totalmente de los parámetros de lo comúnmente aceptado como heroico. Pero de nuevo gracias a Savater podemos interpretar tal característica como propia de todo héroe trágico, a la manera grande, a la manera de los griegos antiguos, siempre maestros.

En efecto, en un mundo desacralizado, como lo es el decadente de la cinta, como lo es el nuestro, una persona no cuenta más con el apoyo permanente, e indubitable, de valores absolutos que justifiquen su proceder. Sanjuro no tiene por qué ser cómo es ni cambiar tal modo de vivenciarse por nada, ni siquiera por su código de samurái que se aprecia anticuado y fuera de lugar, quijotesco, en ciertos momentos clave en los que se contrapone con su máximo rival, el pistolero Unosuke (Tatsuya Nakadai).

Y entonces la vía hacia la victoria total no la debe al uso magnífico que hace de su espada (en cuanto lo desarman se presenta cómo vulnerable al extremo) sino única-dramática-desgarradoramente al valor personal, ético, interior, de realizarse en el libre ejercicio de la aventura de ser diferente, sin dejar de ser él mismo, sin auxilio de nada, ni de nadie, guiándose tan sólo por la intuición, una actitud juiciosa y la empatía y la piedad por y con el prójimo.

Las odas cantadas por los aedas en honor de los guerreros invencibles se las lleva el viento, tarde o temprano, pero el arrojo de quien se sostiene y se reinterpreta a cada momento, se atesora cómo ejemplo moral, en el corazón de las personas que compartieron con el héroe su carácter, su nobleza y su virtud.

Destacar una escena sobre todas: la que se produce cuando Sanjuro se sacrifica para salvar a una desdichada familia vejada. Ellos se arrojan en gratitud a los pies del samurái, y la lucha entre el espíritu duro y pétreo y la evidente esencia bondadosa, se manifiesta en la brusca actitud confundida del noble guerrero al rechazar tales manifestaciones reconocimiento y urgirlos a escapar del pueblo en armas.

Cabe resaltar también el gran trabajo de Toshiro Mifune como el samurái Sanjuro. La cámara lo adora: se manifiesta cómodo, improvisador, con una personalidad extraordinaria que domina cada circunstancia de las escenas. Las coreografías de batallas son raudas y vibrantes. Se luce el afamado actor japonés en cada una de ellas.

CURIOSIDADES DE LA PELÍCULA

1.- Kurosawa retornaría al personaje un año después, con la menos recordada, aunque eficaz ‘Sanjuro’ (1962)

2.- Sergio Leone dirigiría un remake no confesado de Yojimbo, el mercenario, en la cinta Por un puñado de dólares (1965) protagonizada por Clint Eastwood ( el asunto de la realización de esta película llegó hasta los tribunales)

3.- Bruce Willis será la estrella de otro remake en Last Man Standing (1996) buena realización, hoy olvidada por completo.

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