El alfabeto del delirio: apuntes sobre David Lynch

El corazón del mundo es un enigma. Un ámbito hermético al que sólo cabe ser aludido. Pero además, ama estar así, oculto, a resguardo. Porque sólo cabe acercarse a él a través de cierta ludicidad. Como una esfinge, invita a ser interpelada a modo de desafío. Lo disfruta.

Porque a pesar de que sabe, que ninguna palabra es capaz de desentrañar lo misterioso de su silencio, ni el silencio de su misterio, adora poner a prueba a los audaces, que llegan al borde del precipicio del alma, y se asoman a esas simas infinitas. Puesto que además la mayor parte de las veces, lo único que pueden entrever allí es el propio reflejo de su ser, pero ahora de otro modo.

Lo mismo pero diferente, la paradoja máxima, identidad y diferencia dinamitadas en sus cimientos verbales. Ya que el quid de la cuestión, podría estar cercano al modo en que expresamos lo inexpresable, siempre de un modo oblicuo, siempre insuficiente. Porque todo lenguaje, es autorreferencial, es el reflejo de un cristal en donde nadie se mira.

The alphabet-david lynch

Pero algunos de estos audaces, no se detienen ante esta capciosidad: aman acercarse lo máximo posible, al peligroso borde del precipicio; aman mirarse en ese espejo colmado de vacíos, y tienen la generosidad de participar a los demás de sus exploraciones arriesgadas y en cierta manera suicidas. Uno de tales poco juiciosos caminantes de sombras, es el cineasta norteamericano David Lynch .

Creador de una obra singular y poco convencional, este genial artista gusta de internarse en las cercanías del núcleo de este strange, strange world que es el nuestro, pero que Lynch en sus cintas, nos hace sentir como ajenos a él. Aunque tras una cuidadosa meditación de sus propuestas, nos damos cuenta-y-razón (Logos) de que somos nosotros los que nos hemos hecho distintos y tan razonables, somos nosotros los paradójicos, somos auténticos freaks hechos de justificaciones, en un mundo cuya naturaleza auténtica, ilógica y divina, aguarda la menor fisura en su cubierta verbal para hacerse sentir, con el sonido cavernoso de una cueva-oreja hallada en un baldío.

David Lynch, de la estirpe de Buñuel, y Jodorowsky; del inmenso Bergman y de Tarkovsky, adora pues, poner en jaque a todo sentido común, que ni se siente ni comunica. Y ataca astutamente Lynch, adosado a los muros de la ciudadela del delirio, la Dite de nuestros ínferos más profundos.

Aquí quiere resaltarse, que ese talante particular de este director cinematográfico, ya se expone desde sus primeras tentativas, una de las más brillantes y perturbadoras, el cortometraje The alphabet del año 1968 (año definitivo, en muchos sentidos).

Lo que tenemos aquí, bien puede ser el intento desgarrador por intentar entrever, cómo el lenguaje cubre y encierra el delirio del mundo, su desnudez inasible; es imaginar cómo nos vemos, desde fuera, siendo constreñidos por el tortuoso abrazo de la red verbal, que por su misma estructura básica, es impuesto y nunca suficiente para acallar los alaridos del silencio.

Y es a través de los umbrales de lo femenino, los sueños y la infancia, figuras paradigmáticas de la alteridad del ser, como este genio consigue crear fisuras en nuestra sujeción impuesta a la realidad habitual, la adormecida, la que no quiere escuchar.

David Lynch nos obliga a oír, y nos da aquí la voz profunda de una soñadora: voz de niño, porque en lo profundo ni siquiera hemos abandonado al ámbito materno, somos infantes enclaustrados en humedad y calidez asomados por una grieta, aterrándonos de lo que hay afuera. Porque en lo profundo, aún estamos dentro. Pero Lynch nos orilla a girar la vista, y a mirar que esa profundidad que pensamos segura, no lo es, por inexplorada e inmensa, por ser un mundo de oscuridades (¿cubierto de rojas cortinas?) sin domesticar, sin haber sido filtrado por alfabeto alguno. Dentro, también es afuera. Se dice y se expresa, y entonces tal profundidad ya no es factible de ser contemplada en su totalidad, solo aludida, sólo señalada. El enigma está fuera y dentro. Nosotros somos tal.

Nos dice bien, esa celebre imagen de una deidad mirándose en un espejo, y descubriendo fascinada su diversidad.

En eso triunfa Lynch. En hacernos conscientes de lo mucho que nos conforma la inconsciencia, en nuestro (no) mundo superficial, sin haber tenido en cuenta y razón tal injerencia permanente. “Ahora que les he contado mi ABC, díganme que piensan de mi”, dice la soñadora, y ¿qué podemos responderle, si sabemos que el alfabeto que la tortura y la veja, que la configura y la expresa, en su no esenciado, también es el nuestro?

¿Y entonces, quién va a pensar realmente algo de/ sobre/ nosotros?

¿Quién está afuera?

¿Ha habido alguien o algo allí alguna vez?

Sólo queda por fin escuchar, y nada.

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