Los viajes de Sullivan

No han sido pocas las ocasiones en las que he insistido a mis amigos o conocidos para que se adentrasen de una vez por todas en el maravilloso mundo del cine clásico. A algunos de ellos, la sola mención de la palabra “clásico” les hacía huir despavoridamente. Y digo hacía porque huelga decir que nunca más crucé una palabra con ellos.

Otros se mostraron más dispuestos, pero resultaba difícil que su “afición” fuera más allá de aceptar, casi a regañadientes, unos cuantos DVDs que gentilmente les ofrecía cuando visitaban mi casa. La opción de obligarlos a ver cualquiera de mis favoritos durante esas visitas nunca funcionó del todo bien.

Estoy casi seguro de que el problema radicaba en la elección de la película. No es que mi selección fuera aburrida ni mucho menos, ya que en su mayor parte se trataba de comedias o musicales, pero hacía falta uno de esos films que son capaces de cambiarte la vida. Aquellos con los que sonríes y ríes a carcajadas, con los que te sientes identificado con los protagonistas, de los que te estremecen hasta que se te saltan las lágrimas pero que al finalizar dejan una extraña sensación de haber visto algo grande, muy grande.

Los viajes de Sullivan nunca me ha fallado hasta el momento. No solo eso, si no que ha conseguido lo inimaginable: que muchos de los espectadores quisieran hablar de ella una vez acabada. Ya sea por las desternillantes escenas slapstick, por el magnetismo sin par de Verónica, por el estremecedor y emocionante final… la indiferencia no es compatible con las andanzas del gran John Sullivan.

Sullivan’s Travels (1941) es la cuarta película dirigida por Preston Sturges, uno de los guionistas y directores definitivos e imprescindibles de la historia del cine. Aunque todos los largometrajes que dirigió son extraordinarios, quizá sea éste su mejor obra, con permiso de Las tres noches de Eva (The Lady Eve). Los protagonistas Joel McCrea y Verónica Lake están fantásticos, con la particularidad de que podemos ver a una Verónica tan glamourosa como solo ella podía serlo, pero también caracterizada de pordiosero muchacho, vistiendo ropa andrajosa y con su larga y característica melena oculta por completo dentro de una gorra.

Atención especial merece la pléyade de excelentes secundarios que utiliza Sturges en esta película: Franklin Pangborn, Eric Blore, Robert Warwick, Porter Hall… y, cómo no, el inefable William Demarest, tan habitual como imprescindible en muchas de las obras de Sturges.

Me vais a permitir que no diga nada acerca del argumento. Cada pequeño detalle cuenta, y aunque la trama no sea precisamente enrevesada, prefiero no adelantar acontecimientos para quien tenga la enorme suerte de ver esta maravilla por primera vez…

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