Apuntes sobre Andrei Tarkovski

Al ser dificultoso categorizarlo como un mero director de cine, a Andrei Tarkovski es más fácil intuirlo como poeta y de los buenos. Su propuesta es de una profundidad inaudita, es una búsqueda y hallazgo simultáneo. Sólo basta acudir a su última cinta y testamento fílmico, El Sacrificio (1986) para tratar de hacernos con una cierta koiné, una clave pertinente y adecuada, para leer todo el alfabeto de su obra breve pero monumental, en donde se inquiere hondamente sobre la trascendencia del humano ante y contra su temporalidad ominosa.

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Puesto que Tarkovski de acuerdo al sentido de esta obra, bien podría explicarnos que sólo a través de sacrificar, de renunciar un poco cada vez, podemos hacernos de Todo siempre. Y si en El Sacrificio, la razón de ser del mundo bien podría depender de un acto de sinrazón cabal, un sacrificarse erótico, un ofrendarse sexual sin sentido conscientemente; de igual manera La Infancia de Ivan (1961) nos hablaría del sacrificio de la niñez propia como forma de acceder al ser adulto pleno, aún belicoso y aciago; en Andrei Rublev (1966) un inmolarse voluntario en un ascetismo estético en aras de la manifestación de lo divino; en El Espejo (1974) abandonarse un poco cada vez en lo fragmentario, para recuperarse en la diversidad de una des-composición autobiográfica siempre reinterpretable; en Solaris (1972) y en Stalker (1979) un dejar de ser sujeto de un antropocentrismo fracasado para dejar escapar a lo cósmico soterrado y darse a una libre pluralidad de formas de ser, aún las más inauditas y mutantes; finalmente en la Nostalgia (1983) de inmolarse en la llama de una melancolía existencial hasta hacerse cenizas, y volar con el viento que se lleva los recuerdos, e ir con ellos hasta su propio límite, la luz de una vela transportada con desgarradora delicadeza, para así dar a luz la remembranza de un lugar que llevamos sembrado en el alma, pero que se olvida.

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Tarkovski intenta un dar(se) tiempo al tiempo: reconoce a la temporalidad abstracta, la que nos conduce a la muerte inexorable, como la fuerza que nos va arrebatando paulatinamente en el olvido, como el rocío de las flores arrancado por la furia ciega del vendaval; y Tarkovski trata de sacrificar su tiempo artístico (nuestro tiempo de espectadores) para así dejar en la parsimonia de cada secuencia, en la pausa meditada de cada escena, en las tomas en desplazamiento reflexivo, para dar ahí su ser en un tiempo que ya no se forma de segundos, sino de eternidades, en el detalle de cada objeto, de cada paisaje, de cada gesto y cada silencio de sus personajes.

El tiempo de Trakovski no es necesario, no causa nada, no motiva reacciones en cadena, por el contrario rompe cada eslabón para asomarse a la abertura metafísica de los mundos posibles de infinitud, en el centro de cada uno de ellos; su universo es de casualidades, de pequeños milagros de inmensas consecuencias. El de quizá como Tarkovski, buscar expresarlo todo, con todo el tiempo de este o de todos los mundos posibles, manifestándolo en incendiarias renuncias, decirlo Todo… para que un pequeño hombrecito pueda ver crecer un tímido árbol en una playa boreal, y en silencio, sonría.

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