Reflexiones sobre Una verdad incómoda

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El film de Al Gore, Una verdad incómoda, marcó un antes y un después en el tratamiento del tema del medio ambiente en general y del cambio climático en particular, y es el punto de partida que usaré hoy para exponer algunas ideas que me inquietan y que quisiera compartir con ustedes.

Una verdad incómoda es un film de 2006 dirigido por Davis Guggenheim, en donde quien lleva la voz cantante y quien es el alma mater del proyecto es el ex vicepresidente Al Gore. Este film fue la primera ocasión en que alguien que provenía de lo más alto del establishment de Estado Unidos sumó su voz para denunciar lo que está pasando con el clima del planeta. Y la presencia de quien iba a ser el próximo presidente de Estados Unidos, además de una notoria calidad en la elaboración de este documental, supuso una gran diferencia con respecto a otros films de su género, de su temática, y a la repercusión que tuvo.

Aquí, la presencia en un documental sobre el cambio climático de un ex vicepresidente de Estados Unidos no es un hecho menor, ya que es cierto que la preocupación por el ecosistema muchas veces es vista por la ciudadanía en general como proveniente de sectores radicales, que están al margen del sistema, y por ello sus reclamos son vistos como una información poco confiable. La voz de Al Gore, para muchos, marcó la diferencia, e hizo que el ciudadano común prestara atención al tema. Ya no se trataba del reclamo de jóvenes idealistas, ni mucho menos de la simple impresión de personas mayores acerca de que antes los veranos eran más suaves y los inviernos más benignos.

Aunque, debemos reconocer que hay un amplio margen en las apreciaciones con respecto a las dimensiones y a la gravedad del cambio climático, el film Una verdad incómoda dejó claro que todas los estudios científicos serios, todas las opiniones de quienes han estudiado el tema, todos los expertos, coinciden en señalar que el cambio climático es un hecho real y cierto, y potencialmente terriblemente destructivo.

Los detalles del fenómeno son de dominio público: básicamente, la desforestación de los bosques y la emisión de gases provenientes de los automóviles y de las industrias provoca el fenómeno conocido como calentamiento global. Y claro está, a quien no le preocupa que la temperatura del planeta aumente dos o tres grados es porque no tiene en cuenta cómo un par de grados puede cambiar el equilibrio de un delicado sistema del que dependemos absolutamente para vivir.

Otro aspecto interesante de este problema es el concepto de punto crítico aplicado al fenómeno del cambio climático. Como sucede con muchos otros fenómenos de la naturaleza existe un punto de no retorno, luego del cual ya no se puede desandar el camino transitado. Nada nos garantiza que las cosas con respecto al clima vayan a seguir empeorando poco a poco hasta que no nos quede otra alternativa que dar marcha atrás. Existe la posibilidad de que sobrepasado cierto nivel en la temperatura oceánica, por ejemplo, en la cantidad de dióxido de carbono en la atmósfera, se produzca una reacción en cadena en el ecosistema (que no entendemos del todo porque no podemos evaluar todos las variables que intervienen en él) luego de la cual ya no exista la posibilidad de volver atrás para reparar el daño hecho.

Otro aspecto trascendente del tema es qué camino seguir para intentar remediar un problema de tales dimensiones. ¿Qué podemos hacer cada uno de nosotros ante esta realidad? Desde ya que la frase “debes ser el cambio que quieres ver en el mundo” es más que aplicable a este caso, aunque la solución a nivel de cada uno de nosotros plantee desafíos más que importantes. Debemos pensar hasta qué punto estamos dispuestos a renunciar a muchas de las comodidades del mundo moderno, al automóvil, al calor del hogar y al derroche de energía, por ejemplo. Y es entonces cuando reparamos en lo acertado de Gore al hablar de «una verdad incómoda».

Pero la decisiones fundamentales para afrontar el problema pasan por las esferas más altas del poder. Y el problema se trata, evidentemente, de una cuestión económica: no se toman las medidas para frenar el cambio climático por razones de costos. Ante esta realidad no nos queda más que apelar al sentido práctico de gobernantes, políticos y empresarios, y hacerles comprender que tomar las medidas para frenar el avance del cambio climático lejos de ser un gasto, es la estrategia más conveniente.

Dejando de lado las predicciones más apocalípticas (aunque hay que tenerlas en cuenta), se debe pensar en cuánto dinero se pierde con cada inundación, con cada sequía que arrasa los campos de cultivo, con cada incendio, cuántos son los costos materiales que provoca las cada vez más frecuentes y destructivas tormentas y huracanes.

Piense cada lector en los últimos desastres que han sacudido su región del mundo y haga la conversión de esos desastres natural a costos materiales… y verá que se tiene una nueva perspectiva del problema.

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