Biografía de Marcello Mastroianni

El tres veces afortunado

Marcello Vincenzo Domenico Mastroianni nació el 28 de septiembre de 1924 en Fontana Liri, municipio perteneciente a la región del Lazio y situado a noventa kilómetros de Roma.

Quizá sólo el hecho de haber nacido en el siglo XX y no en el XV explique que Marcello llegue a superar en fama a su tío Umberto Mastroianni, diez años mayor, vinculado a la Resistencia italiana durante la ocupación alemana e importante escultor que a lo largo de su dilatada carrera profesional irá acumulando prestigiosos premios por todos los rincones del mundo. En cualquier caso, la notoriedad del sobrino es más que merecida, aunque sólo fuese por lo bien que le quedaban las gafas de pasta en 8 y 1/2. Pero no nos adelantemos a los acontecimientos.

En los años treinta la familia se traslada a Roma. En la capital italiana el joven Marcello dará sus primeros pasos en el cine. Así, aparece en distintas películas como Marionette (1938) de Carmine Gallone o I bambini ci guardano (1942) de Vittorio di Sica. Por estos años encuentra trabajo como contable, si bien parece que su vocación era ser arquitecto. Al mismo tiempo entra en contacto con el mundo del teatro.

Es a partir de 1948 cuando trabaja sobre el escenario bajo las órdenes de Luchino Visconti, aristócrata polifacético y autor de películas tan interesantes como Rocco y sus hermanos, siendo protagonista de varias piezas de teatro, entre las cuales cabe reseñar una adaptación de Un tranvía llamado deseo, obra que el dramaturgo Williams Tennesse había publicado un año antes, y que sería llevada a la pantalla poco después por Elia Kazan (con una tórrida pareja de magníficos actores: Vivien Leigh y el joven Marlon Brando).

También en 1947 abandona el fatigoso rol de figurante, en lo que al cine se refiere, para tener su oportunidad con un pequeño papel en la adaptación que Ricardo Fredda hace de Los Miserables de V. Hugo. Poco a poco, Mastroianni irá demostrando sus capacidades artísticas. Si inicialmente es la comedia suave  predominante en su filmografía, pronto va a atreverse asimismo con el drama. Durante los años cincuenta participa en numerosas películas que lo convierten en uno de los actores italianos más populares.

Sin embargo, será en la década de los sesenta cuando se convierta decididamente en una celebridad internacional. Su colaboración con Fellini se traducirá en dos piezas maestras del cine italiano: La dolce vita (1960) y 8 y 1/2. Mastroianni hará suyo ese papel de seductor latino nada latino, en el sentido de que aun quizá sin pretenderlo sabe imprimir a muchos de sus personajes unos rasgos de melancolía y desamparo que nada tienen que ver con el latin lover que estereotipará Hollywood de allí a unos años.

Esa capacidad de seducción se constata asimismo en los varios y sonados romances que salpican su biografía más allá de la ficción. Casado con Flora Carabella en fecha tan temprana como 1950, y sin llegar legalmente a divorciarse nunca, Mastroianni mantendrá affaires públicos (o al menos publicados) con distintas mujeres. El romance con Faye Dunaway, coprotagonista en la película Amanti (Vittorio di Sica, 1968) es uno de ellos, breve pero intenso. Más duradera fue su relación, en cambio con Catherine Deneuve, con la que coincide en La Cagna, film de Marco Ferreri.

En la gran pantalla formó inolvidable pareja con Sofía Loren. Películas como Matrimonio a la italiana (1964) o Los girasoles (1969), hicieron de Marcello y Sofía los Alfredo Landa y Gracita Morales del cine italiano, en versión mejorada, es cierto, pero con una morbosa tendencia al melodrama y, todo hay que decirlo, sin la vis cómica de los españolitos.

Su última compañera sentimental fue Anna Maria Tatò, la misma que firma el documental Mi ricordo, sì, io mi ricordo (1997) donde el viejo Mastroianni, ya condenado por el cáncer (morirá en diciembre de 1996) se sincera ante las cámaras desarrollando con ternura la delicada madeja que forman los recuerdos de cada persona, en este caso los de un  hombre que todavía entonces presumía de ser afortunado. Afortunado por haber amado a las mujeres más hermosas, por haber sido actor durante casi cuarenta años, y por no haber sufrido nunca un balazo. Da gusto morir así.

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